Meses después de que la Ally de Lady Gaga enamorara a medio mundo (y a Bradley Cooper), en la nueva versión de Ha nacido una estrella (2018), llega a las pantallas españolas Wild Rose (Tom Harper, 2018), otra historia de cantante con talento, pero con dificultades para encontrar la senda del éxito musical. Aunque las similitudes se quedan ahí, ya que en la cinta de Harper no hay historia romántica y sí bastante de cine social. Lo que queda en empate técnico son las interpretaciones femeninas. La actriz irlandesa Jessie Buckley, que protagoniza Wild Rose, no tiene nada que envidar a Gaga. De hecho dota a su personaje de una naturalidad y llaneza capaz de penetrar los ojos más impugnables. Toda ella es fortaleza y fragilidad. Sus ojos parecen implorar un abrazo que sus formas masculinas son incapaces de hacer realidad y su voz consigue redondear un trabajo espléndido, que está claro hubiera sido imposible sin la complicidad de Julie Walters, su impertérrita madre.

Rose (Jessie Buckley) es una chica de un barrio de Glasgow, deslenguada, bebedora de cerveza a morro y, a su corta edad, madre de dos hijos que ha visto poco, al haber pasado unos meses en la cárcel, por un trapicheo. Pero sin duda por lo que destaca Rose es un por su capacidad innata para cantar y su amor hacia la música country. Aunque no ha pisado nunca EE.UU, Rose sueña con ahorrar lo suficiente para poder ir a Nashville, cuna de este tipo de música. Sin embargo, su sueño no ha hecho más que posponerse a causa de sus problemas legales y económicos. Con su puesta en libertad, Rose verá el momento de concretar su sueño. Para ello intentará retomar su trabajo de cantante en un pub y acabará limpiando la casa de una familia rica. De esta forma quedarán remarcadas las diferencias de clase, que hacen el camino más tortuoso para algunos.

Rose proviene de una familia de clase trabajadora, sin posibilidad de soñar. Su madre lleva veinte años trabajando en una panadería y apenas ha viajado, más allá de las fronteras británicas y su tía tiene una vida similar. En su entorno no hay cabida para ascensos sociales, ya que sus horarios laborales y las asfixiantes facturas se los arrebatan de un plumazo. Además es llamativa la total ausencia de figuras masculinas. Ni sabemos el paradero del padre de Rose, ni el de sus hijos. Estamos ante familias monoparentales, que por lo tanto ven doblemente disminuidas sus esperanzas de cambio. Estando sola y con hijos a tu cargo, la responsabilidad aumenta de la misma forma que disminuye el tiempo libre. Por suerte, Rose es una chica luchadora y sensible que tiene a una madre severa, pero dispuesta a hacerse cargo de sus nietos, ante sus repentinas ausencias.

Sin duda Rose no es una buena madre, pero ¿tienen derecho las mujeres a ser malas madres? Está claro que a Rose le falta la madurez suficiente para darse cuenta de sus prioridades y afrontar sus fracasos, pero en su interior desea fervientemente ejercer positivamente la maternidad. Por ello es interesante que el cine, por una vez, no sean los padres los ausentes, irresponsables y faltos de complicidad afectiva. Desde luego es un acierto que Wild Rose apueste por el realismo y la falta de prejuicios, con una realización austera y directa. Porque cuando en la bonita y clarificadora secuencia final (donde Jessie Buckley despliega su magnífica voz), nos damos cuenta de que para ser una madre, Rose sencillamente necesitaba encontrar su camino, que tenía más cerca de lo imaginado, somos conscientes de lo importante que es la honestidad y la sencillez, ya sea a la hora de escribir un guion o una canción de country. Menos es más y tres acordes son suficientes, siempre que la verdad esté por descontado.

Laura Acosta

Nota Factoría del cine: 8

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