El director y guionista francés Thomas Lilti, que además es médico de familia, tiene una filmografía muy particular. Sus tres películas: Hipócrates (2014), Un doctor en la campiña (2016) y Mentes brillantes (2018) están centradas en el mundo sanitario. En Hipócrates un joven estudiante de medicina pasaba su año como médico residente en un hospital, en Un doctor en la campiña un médico rural abnegado veía como un buen día pasaba a ser él el enfermo y en la presente Mentes brillantes dos chicos se enfrentan a las pruebas de acceso para la carrera de medicina. Unas pruebas tremendamente exigentes, que les absorben todo su tiempo y les llevan a plantearse si un futuro confortable como médico, merece semejante esfuerzo.

Lilti vuelve a confiar en el actor Vicent Lacoste, como ya hizo en su ópera prima, para interpretar a Antoine, que junto a Benjamin (William Lebghil) son los dos protagonistas de Mentes Brillantes. Antoine afronta por tercera vez las pruebas de acceso para la carrera de medicina. Para Benjamin, que tiene un padre médico digestivo, es la primera vez. Los dos se harán amigos y compañeros de jornadas maratonianas de estudio. Por un lado, Antoine es un chico obsesivo e ensimismado, con una clara vocación por la medicina y por otro lado, Benjamin es sosegado y parece tener una facilidad natural para el estudio, aunque a diferencia de Antoine, para él su mundo no se reduce exclusivamente a la medicina. Juntos harán una pareja implacable con la que vencer a la pila de apuntes y libros que memorizar.

Precisamente una de las numerosas críticas de la cinta está relacionada con la fuerte presencia de lo memorístico, en estas pruebas que designan a los futuros médicos. En una secuencia Benjamin discute con Antoine la inutilidad de estos métodos que más que futuros buenos profesionales parecen buscar máquinas. ¿Es más válido el que tiene capacidad para asimilar tropecientos conceptos, sin saber si los comprende, que el que llega un momento que se satura y no puede más? En ese sentido, resulta muy interesante el intento de la película por poner el foco sobre los aspectos éticos y sociales de la profesión. Pero en un ambiente estudiantil saturado, con clases repletas de alumnos que tienen casi que pelarse por conseguir un buen sitio, desde el que seguir las explicaciones de los profesores, la competitividad feroz parece vencer sobre la vocación. De este modo los alumnos sufren un proceso de deshumanización, en el que se convierten en meros integrantes de un ranking por el que lograr un hipotético futuro brillante.

Si a la búsqueda identitaria, habitual cuando el ser humano tiene que enfrentarse al proceso de elegir sus estudios y por lo tanto aquello a lo que dedicará durante su vida, se le une la pérdida de su individualidad, el resultado puede desembocar en profundos malestares emocionales. Aquellos que estudian para curar, resulta que tienen que curarse primero ellos mismos. Aunque por suerte el director deja un halo de esperanza en la humanidad y en la amistad como una unidad pura e inquebrantable.

En general es una película que se disfruta y que se ve con facilidad, por mucho que los personajes alternen arduos diálogos sobre células y procesos químicos, con bromas a cuenta de las mejores napolitanas de la ciudad. No es una cinta alambicada, sino que se basa en una puesta en escena clásica y sencilla y en dos jóvenes actores muy solventes y precisos. Probablemente no ostenta la originalidad de Hipócrates, pero es meritoria en su relato de una sociedad demasiado resultadista.

Laura Acosta

Nota Factoría del cine: 7

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El director y guionista francés Thomas Lilti, que además es médico de familia, tiene una filmografía muy particular. Sus tres películas: Hipócrates (2014), Un doctor en la campiña (2016) y Mentes brillantes (2018) están centradas en el mundo sanitario. En Hipócrates un joven estudiante de medicina pasaba su año...