De nuevo una gran capacidad para captar todo tipo de detalles, el férreo apego hacia la profesión que cada uno elige, el inevitable paso del tiempo y un amor melancólico. Estas son algunas de las características del cine de Mia Hansen-Love que pueden volver a disfrutarse en su nueva película, Maya (2018). Es esta una historia sencilla protagonizada por Gabriel (Roman Kolinka), un reportero de guerra recién liberado por los yihadistas, que tras regresar a Francia decide dar un cambio a su vida y escapar unos meses a la India, lugar en el que vivió de niño con sus padres y donde conserva una casa.

La película se abre con una secuencia muda, localizada en lo que parece la habitación de un hotel. A través de un plano largo, re-enmarcado por la puerta de un servicio, vemos a un hombre con el torso desnudo y repleto de heridas, que se está aseando. Ese hombre es Gabriel y con esa primera secuencia vamos a aclarar muchos aspectos de su personalidad. Porque curiosamente Gabriel es una persona que trabaja con la palabra (es periodista), pero es incapaz de verbalizar nada a cerca de su cautiverio. Al contrario de El porvenir (2016), en el que Nathalie (Isabelle Huppert) era una profesora de filosofía con un gusto exquisito para los discursos, aquí Gabriel tiene una coraza demasiado callosa. Él es un hombre que vive para su trabajo, por muchos riesgos que éste pueda suponer para su vida, y no se plantea nada más. Su convicción en lo que hace es inmensa y por lo tanto los sacrificios personales que está dispuesto a aceptar lo son también.

Quizás el único punto débil de la cinta es el tratamiento que se hace del secuestro y la profesión de Gabriel. Parece algo así como un simple punto de partida anecdótico, pero no se profundiza en ello. Bien podría haberse dedicado a cualquier otra cosa, ya que las secuelas psicológicas de semejante episodio traumático, no son apenas percibidas. Es verdad que se fundamenta más en el silencio y en lo que Gabriel es incapaz de compartir con los demás, pero de una directora como Mia Hansen-Love se espera más aristas. Aunque ello no resta valor a la concienzuda interpretación de Kolinka, aquí mucho más introspectiva que en El porvenir.

De modo que la trama se fundamenta en este viaje, visto como una intentona de Gabriel por encontrarse a sí mismo y entrar en contacto con la naturaleza. Porque si por algo destaca la cinta es por los preciosos paisajes que decoran cada secuencia. No es de extrañar que la realizadora se declare admiradora de Rohmer o Renoir, ya que Maya desprende un innegable halo naturalista, sublimizado por la luminosidad de cada uno de sus planos. Los múltiples paseos de Gabriel con Maya, la hija de su padrino y la responsable de romper las barreras emocionales de él, son la mejor propaganda que podría soñar Goa. Pero no es solamente el uso de la luz natural, para Mia Hansen-Love cualquier detalle merece un parón en el frenesí cinematográfico. Puede ser el ritmo acompasado de las olas rompiendo contra la arena de la playa, el sonido diegético de las caóticas calles indias con sus multitudes de vehículos motorizados, un gato meloso que intenta recibir una doble ración de su comida o un vagabundeo por la noche india.

Pero este viaje también tiene mucho de vuelta a los orígenes. Gabriel es hijo de diplomático y ha viajado toda su vida, sin embargo, en su memoria conserva un recuerdo mágico de la India. Algo que le une a Maya, una estudiante que ha vuelto a Goa para disgusto de su padre, ya que las grandes urbes occidentales no le proporcionan el mismo calor humano. Inevitablemente Gabriel empezará a sentirse atraído por esta chica inteligente y llena de vida. Una atracción contra la que el raciocinio no puede luchar y que precede al nacimiento del amor, quizás la única forma de curación para este buscador de noticias.

Laura Acosta

Nota Factoría del cine: 9

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