Macbeth era un ser empachado de la ambición por ser rey, capaz de cualquier cosa con tal de conseguir poder. Dick Cheney, el protagonista de El vicio del poder (Adam McKay, 2018) podemos decir que sigue la estela del personaje shakesperiano, pero en una versión más chabacana. Dick un tipo negado paro los estudios y los deportes, con exceso de peso y demasiada afición por la bebida se encuentra un buen día al frente de la vicepresidencia de los Estados Unidos. Aunque, al igual que ocurría con la reciente First Man sobre Neil Amstrong, la mujer de nuestro protagonista va a ser la gran responsable de este logro. Lynne Cheney será la universitaria que encauza la vida de Dick, para que deje la mediocridad anónima y pase a la mediocridad bien remunerada y con acceso a información privilegiada.

Dick que no sabe de principios o ideales, comenzará trabajando para los republicanos, como chico de los recados, y se dará cuenta que vistas sus escasas aptitudes su única salida es la de “siervo del poder”. Posteriormente irá ascendiendo de forma silenciosa y tras el Watergate, al estar el partido republicano desierto de hombres sin salpicaduras, Cheney gozará de su oportunidad para ascender definitivamente en la pirámide. En su ascenso, Cheney se emparentará con otro personaje ávido de poder: Scarface. Si Tony Montana tenía su icónico letrero: “the world is yours”, Dick descubre en las órdenes ejecutivas su particular late motiv. No obstante, a diferencia de Montana Dick Cheney no acaba agazapado en su fortaleza, esperando la inminencia de la guadaña. Al contrario, Cheney se repone a varios infartos y, ya retirado de la primera línea política, no deja nunca de reafirmarse en sus decisiones.

Este ser malvado se entromete en la política americana, para propiciar algunos de los peores momentos de EE.UU. Puede que este hombre pegado siempre a un buen bollo pringosos y venenoso para la salud cardiovascular, tuviera la ventaja del menosprecio. Posiblemente pocos podían imaginar que llegase donde llegó, lo que sirve para reflexionar sobre las manos que ostentan el poder. Da miedo pensar que estamos en manos de indeseables, muy diestros para el mal e incapaces de destacar en buenas obras. Es imposible no trazar una equivalencia con el actual dueño del despacho oval, ya que en la cinta abunda la llamada post verdad, fabricada por laboratorios de ideas, y las fake news. Parece que la enorme producción cinematográfica de Hollywood, muy especialmente su relato post 11S, nos permite acercarnos al presente desde una gran variedad de contextos. En esto en España vamos por detrás, al ser incapaces de haber creado un discurso fílmico post 11M.

Pero sin duda si por algo destaca El vicio del poder es por su forma cinematográfica. Si en La gran apuesta (2015), Adam McKay nos deslumbraba con un montaje frenético y tremendamente irónico para contarnos los excesos responsables de la crisis del 2008, aquí vuelve a hacer lo mismo con los excesos responsables de atentados, guerras y otras tropelías. Con una voz en off que se encarga de llevarnos por la diégesis y contextualizarnos al protagonista, McKay demuestra mucha mala leche y un humor muy negro capaz de guiar al espectador de forma entretenida, entre una multitud de hechos, personajes y datos que quizás en otra cinta resultarían farragosos. La cámara acompaña a los personajes, sin virtuosismos, y las líneas temporales van saltando por el relato. Apoyado en el fatídico día de los atentados contra las torres gemelas, McKay se sirve de flashbacks para armar esta particular biografía de la historia reciente de su país. Y claro, para lograr verosimilitud el director se apoya en actores de relumbrón. Steve Carrell da rienda suelta a su histrionismo metiéndose en la piel de Donald Runsfeld. Amy Adams brilla como la universitaria que se casó con Cheney, otra mujer a la sombra capaz de arrollar a su marido, un poco al estilo de la Peggy Dodd de The master. Y como no, un irreconocible Christian Bale que con unos kilos de más y multitud de maquillaje es capaz de dar una lección sobre el arte de interpretar.

Laura Acosta

Nota Factoría del cine: 8

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