La directora Karyn Kusama, ganadora del gran premio del jurado en Sundance con su ópera prima, Girlfight, y artífice de la inquietante The invitation, vuelve a la gran pantalla, tras formar parte de series de éxito como Masters of Sex, con Destroyer (2018). La cinta, que cuenta con el indudable atractivo de estar protagonizada por Nicole Kidman, se nutre de elementos del thriller, la acción y el drama para contarnos el pacto con el demonio de una agente de policía, que se tiene que infiltrar en un grupo de ladrones de bancos, su descenso a los infiernos y su posterior venganza.

Si Macbeth mataba por el poder y Fausto vendía su alma por conseguirlo, aquí Erin (Nicole Kidman) vende su moral por conseguir una vida sin preocupaciones. Una vida sin durezas y con las necesidades cubiertas, que nunca ha conocido. Para ello, Erin idea junto a su compañero de misión, Chris, un plan que parece perfecto, pero que por cosas del destino acaba saltando por los aires. Y con él se esfuma también la vida de esta mujer, que pasa de ser una tipa atractiva y sin miedos, a convertirse en un ser más muerto que vivo, de rostro demacrado y vestir masculino. Estas dos líneas temporales que explota la película permiten el lucimiento de una Nicole Kidman que debe meterse en la piel de dos mujeres totalmente distintas y hay que decir que lo consigue. Obviamente es en esa segunda Erin sucia, oscura y masculina donde Kidman se luce. Pocas veces hemos visto a la americana disparar armas, dar puñetazos o salir tan desaliñada. Sin duda, esta transformación física tan llamativa puede darle alguna alegría en la ceremonia de los Oscars. No hay que olvidar que ya ganó uno transformándose en la gran Virginia Wolf o que recientemente fue nominada por Lion, en otro personaje físicamente llamativo.

Aunque más allá de la trasformación física de la actriz, Destroyer destaca por su universo tremendamente oscuro y falto de esperanza. Tras pactar con el demonio, Erin desciende a los infiernos para pagar la culpa por la persona amada perdida. Para ella ya no existe un mundo real en el que quiera vivir y por ello se introduce en una ciudad de Los Ángeles nocturna, llena de personajes al borde de la sociedad y en la que parece estar desaparecida la ley. Seguidamente llegarán las ansias de venganza para así poder llegar a regenerarse como persona. Erin, que es policía, cansada de la inutilidad de la ley, se toma la justicia por su mano para resolver las afrentar recibidas en el pasado, que le impiden vivir el presente y soñar con el futuro. Pero lo interesante es que Erin no es un personaje moralmente correcto, que debe reponerse de un pasado traumático. Erin es responsable de su problemático pasado y lo sabe, con lo que decide apartarse de la influencia de su hija y no pretende ningún reconocimiento social a sus actos.

Reconociendo que la cinta está muy bien estructurada y la investigación va avanzando entre las dos líneas temporales de buena forma, el final se descubre con gran apatía y el ambiente general resulta tan desalentador y asfixiante que cuando terminas de ver la película casi necesitas una mascarilla de oxígeno. Además el metraje podría haber sido recortado y algunas secuencias resultan un tanto inverosímiles, al parecer que Erin entra y sale de los sitios sin apenas cortapisas. Eso sí, la directora sabe sacar partido a su estrella con multitud de planos cortos que te remueven las entrañas y que la realizadora Lynne Ramsay, con la que Kusama comparte algunos rasgos estilísticos, podría decir que confirman que Nicole Kidman “en realidad siempre estuvo aquí”.

Laura Acosta

Nota Factoría del cine: 7

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La directora Karyn Kusama, ganadora del gran premio del jurado en Sundance con su ópera prima, Girlfight, y artífice de la inquietante The invitation, vuelve a la gran pantalla, tras formar parte de series de éxito como Masters of Sex, con Destroyer (2018). La cinta, que cuenta con el...