Si en Alta fidelidad (2000), otra adaptación a la gran pantalla de las novelas de Nick Hornby, nos introducíamos en la vida de un amante de la música, con una pequeña tienda de vinilos, que quería volver con su novia, en Juliet, desnuda (2018) vuelven a ser protagonistas el amor por la música y un tierno romanticismo. Tenemos a Annie (Rose Byrne) y a Duncan (Chris O`Dowd) una pareja aquejada de monotonía, en parte a causa de la obsesión de él con una antigua estrella del rock, llamado Tucker Crow (Ethan Hawke). Para Duncan su vida se reduce al estudio minucioso de la estrella maldita del rock y de este modo parece tener olvidada a su pareja, a la que casi le ha impuesto su negativa a tener hijos. De modo que cuando a Annie le surja la posibilidad de comenzar una relación por e-mail, con Tucker, ella no lo dudará.

Se han realizado varias películas sobre relaciones por correspondencia, típica es Tienes un e-mail (1999) o sobre la relación entre una persona anónima y un admirador, como por ejemplo Notting Hill (1999), pero aquí todo está recubierto de una normalidad muy placentera y poco explotada. El diálogo que ambos emprenden en sus mails es mucho más amistoso y de carácter confidencial, que la típica búsqueda amorosa. Además Annie no admira la carrera artística de Tucker, como sí hace su marido, pero es que es el propio Tucker el que reniega de su supuesto talento musical. Eso sí, lo que no cambia es el vértigo típico de los personajes cuando tienen que pasar del anonimato virtual al enfrentamiento cara a cara. Aunque claro al ser la cinta una hibridación de comedia, música y romance, ese momento embarazoso se convierte en una de las secuencias más divertidas y disparatadas de la película.

No es fácil combinar de forma notable humor y romance, algo que Juliet, desnuda consigue, en parte gracias a tener dos personajes masculinos tremendamente infantiles y a una familia disfuncional desternillante. Tanto Duncan como Tucker son unos inmaduros de manual. Uno es incapaz de empatizar con su mujer y mirar más allá de su carrera académica y el otro, aunque lo intenta, sufre las cargas de un pasado de múltiples excesos. Tucker Crow vive ahora retirado de la música, pero con un extenso historial de hijos y ex-mujeres digno de cualquier buena telenovela. Curiosamente Annie añora la experiencia de tener un hijo, mientras que Tucker lo ha vivido demasiadas veces. Ahora Tucker quiere redimirse, pero el pasado tiene demasiada fuerza y su capacidad para interceder en el presente se demuestra muy poderosa.

A pesar de todo la música se presenta como la llave capaz de convertir la batalla más ardua en un plácido viaje. El poder de la música para influenciar en las personas es enorme. Paradigmático es el caso de Duncan, que adora por encima de todo el rock independiente del bueno de Crow. Puede que la crítica especializada y el público no piensen lo mismo, pero para él es un Dios y punto. Cada canción, cada creación artística, siempre llega al alma de alguien. No existen las buenas o las malas obras, sencillamente hay obras que nos llegan y otras que no. La música, como el arte en general, es una disciplina completamente subjetiva y responsable de generar felicidad en muchas personas. Juliet, desnuda, con sus escenarios bucólicos, su ritmo ágil, sus diálogos inteligentes y con la carismática presencia de Ethan Hanke también genera un ratito de felicidad y eso siempre es de agradecer.

Laura Acosta

Nota Factoría del cine: 7

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Si en Alta fidelidad (2000), otra adaptación a la gran pantalla de las novelas de Nick Hornby, nos introducíamos en la vida de un amante de la música, con una pequeña tienda de vinilos, que quería volver con su novia, en Juliet, desnuda (2018) vuelven a ser protagonistas el...