Una idea de partida puede determinar para bien o para mal una película. En este caso, la premisa de “Sin fin”, despierta dudas nada más comenzar, pero luego se va asentando hasta llegar a una redondez argumental sujeta a ese punto de comienzo que deja una sensación muy satisfactoria tras ver la ópera prima de los hermanos Alenda.

Tras una carrera a sus espaldas como cortometrajistas, estos directores de cortos tan reconocidos y premiados como “El orden de las cosas”, continúan para su debut lo que habían empezado a reflexionar en un cortometraje premio “NottheEnd”, también protagonizado por María León y Javier Rey, al igual que la cinta que nos ocupa. Este cuento romántico, sin disimulo (ni avergonzándose de ello en ningún momento) y viajes en el tiempo, (detalle que lo hace especial de inmediato), nos cuenta la historia de amor de Javier y María, en dos tiempos, la actualidad y el día en que se conocieron, y como en un bucle temporal el montaje se acomoda a los instantes que pasan juntos y recrean hasta formar un agujero de gusano narrativo muy estimulante.

Por si fuera poco, nos hablan del desamor, de la desilusión, del paso del tiempo, de la frustración, de la depresión y de la nostalgia. Y nos alimenta con momentos sentimentales que agarran con fuerza al espectador irremediablemente.

Durante el metraje hay algún momento de desatino, que viene sobre todo con la dificultad de mantener el nivel durante toda la película, ingeniándoselas para sacar rédito de su esencia germinal rizando el rizo al estilo de un “Olvídate de mí” (Michel Gondry) español mientras nos enamoramos de los dos protagonistas como lo hacíamos de los Jesse y Céline de “Antes del… amanecer, atardecer y anochecer” de Richard Linklater. Obviamente son palabras mayores, pero no hay que dejar escapar una película como “Sin fin”, que tan pocas veces se presenta en el panorama español, dejándonos una sensación tan agradable.

A veces juguetea un poco con la poesía de cafetería, pero tampoco le sienta tan mal a una película tan fabuladora, que coquetea con el género fantástico lowcost, pero sin corsés ni limitaciones presupuestarias, apostando por ser la película que quiere ser, sin ningún tipo de temor.

Nada de ello sería posible sin los ojos de kiwi de María León, el corazón de la película, un personaje dual entre la alegría más arrolladora y ligera y la pesadumbre de un alma errática y sin salida. Tampoco sin su partenaire, un Javier Rey epidérmico, con la emoción sudando en cada poro y con una composición que le ha valido el reconocimiento allá donde la película se ha proyectado. Los dos tienen una química brutal, ya sea escuchando “La fuerza del destino” de Mecano, o mirándose sin descanso y atravesando distintos estados de ánimo. El montaje contribuye sobremanera a alternar los extremos en los que se mueve la película, sin término medio, empezar y terminar no conoce pausas en la película de los Alenda.

Cuando piensas que la película te ha dado todo lo que tenía por ofrecer, el final te da un nuevo golpe, quizá de esperanza y te enamora aún más dejándote rendido. Al punto final hay que añadirle dos puntos suspensivos, y a la palabra fin una preposición a modo de prefijo: sin, para que el bucle temporal siga dejando camino por recorrer.

Nota: 8.

Chema López

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