En pleno siglo XXI el cine nos muestra cada vez más a las parejas como entes inestables, en los que el tradicional modelo de conquista, basado en la duración, ha ido perdiendo protagonismo en favor de una seducción más centrada en los encuentros fortuitos. Difíciles de olvidar son los encuentros y desencuentros de Tom y Summer en la ya mítica 500 días juntos (Marc Webb, 2009) o también digna de mencionar es la trilogía de Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995), en la que los protagonistas apuestan por la exploración del otro en detrimento de la habitual conquista amorosa. Brian Crano se nutre de esta nueva tendencia, en Una relación abierta (2017), para contarnos como una joven pareja de treintañeros, que llevan toda la vida juntos, deciden experimentar con otras personas antes de comprometerse. Una experimentación, consecuencia de una charla informal y azarosa con unos amigos, que les conducirá a un replanteamiento de los límites de la pareja.

Tanto Anna como Will se han acomodado y han entrado peligrosamente en la monotonía, pero ante la certeza del infalible paso del tiempo y la cercanía de mayores responsabilidades en su relación, reflejado en la casa que Will está construyendo para ambos, deciden apostar por otro contrato relacional. Un nuevo contrato en el que entran en juego los amores líquidos, que acuñó el sociólogo Bauman, y las dudas que no paran de brotar en la cabeza de Anna. Porque una vez se ha iniciado la deriva amorosa la pasión romántica, o lo que se creía como tal, va perdiendo fluye en favor de una pulsión más primaria, si se quiere, pero más placentera. Al tiempo que el deseo se vuelve poco a poco más incontrolable y la cruda realidad empieza a desmitificar una relación sustentada demasiado en lo imaginario. De este modo uno va descubriendo que no comparte tanto con el otro, como creía, y tampoco tiene las mismas aspiraciones.

Si bien es cierto que ninguno de los protagonistas, ni siquiera la pareja gay de amigos, parecen tener unas aspiraciones muy definidas. Más bien Anna y Will viven en una cómoda crisis de los treinta, que no llega al neoexistencialismo de otras cintas, pero que sí ralla con un minimalismo, escenificado en el piso que comparten. Un entorno más bien oscuro y un poco caótico, como la tesis inacabada de Anna, que el director amplifica gracias a un montaje brusco, basado en transiciones tajantes acompañadas de sonidos diegéticos incómodos.

Aunque teorías aparte, sin un guion con el que aportar novedad y una actriz en estado de gracia, como Rebecca Hall, todo hubiera quedado en saco roto. Es Rebecca Hall con su mezcla de candidez y picardía exquisita y entrañable la que guía el devenir de la historia. Es a ella a la que le han inoculado una ambivalencia, que le provoca rechazo y atracción de forma simultánea. Pero al mismo tiempo también es ella la que primero se lanza a la aventura y la que tiene la valentía de bajarse del barco, aunque la tormenta parezca débil y llevadera.

Laura Acosta

Nota Factoría del Cine: 7

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