En una de sus acepciones la RAE define el dolor como “un sentimiento de pena y congoja”, pero seguramente si se preguntase a Marguerite Duras ésta podría aportar más riqueza a la definición. Sin duda, después de visionar Marguerite Duras. París 1944 (Emmanuel Finkiel, 2017) uno sale con la sensación de haber experimentado el dolor más agudo, profundo y gris del mundo. Respecto a su trama, la película está basada en la obra de la propia Marguerite Duras, El dolor, y nos cuenta la angustiosa espera que tuvo que sufrir la escritora tras la deportación de su marido, Robert Antelme, que como ella luchaba en la resistencia frente a la ocupación nazi. Es interesante como la cinta hace hincapié en el sufrimiento de aquellos que están a la espera. Personas que no sufren en primera persona la ira de los nazis, en este caso, pero que no por ello lo tienen más fácil. Muy al contrario, posiblemente Marguerite hubiera preferido ser deportada al igual que su marido. De hecho son varios los momentos en los que se odia a sí misma por estar sana y salva o por quedar en un restaurante en el que abunda la comida, cuando sabe que su marido estará pasando un sinfín de penurias.

No obstante, el dolor que sufre la protagonista es de una intensidad pocas veces vista en el cine. Eso sí, un dolor interior que solamente en las últimas secuencias de la cinta aflora desaforadamente a su rostro. A todo esto se añade la soledad del personaje, que aunque tiene muchos compañeros de batalla e incluso un amante, no encuentra una persona con la que abrirse de forma sincera. Por eso quizás Marguerite tiene esa necesidad constante de verbalizar su dolor, que el realizador decide recoger a través de una voz en off. Aunque lo más curioso es la escisión que la protagonista sufre en varias ocasiones, lo que hace aumentar la sensación de que se está presenciando un relato espectral. De alguna forma en Marguerite parece que se dan cita tanto la mujer que espera, como la que se deja llevar por la desesperación. Por otro lado, algo normal si uno para a imaginarse todo por lo que tiene que pasar esta mujer.

Al mismo tiempo merece unas líneas la relación que Marguerite establece con el nazi, responsable de la detención de su marido, ante la posibilidad de que interceda por él. En ningún momento se saben las verdaderas intenciones del policía nazi, del que sabemos poco. Ante la cámara se nos presenta como un hombre extasiado por la obra y la inteligencia de Duras, pero nosotros no podemos evitar preguntarnos si un monstruo es capaz de desarrollar algún sentimiento artístico. Por ello la ambigüedad preside toda la relación y ambos van a escindirse para así evitar que sus cartas sean descubiertas.

En cuanto al estilo, la cinta recrea bien un ambiente tenso y opresor a base de muchos tonos grises y multitud de planos cortos, en los que la actriz Melanie Thierry se luce. Sin embargo, la cinta carece de ritmo y tiene que luchar contra un metraje excesivo. Son muchas las vueltas que se dan sobre lo mismo, sin llegar a una conclusión, provocando un fuerte hastío en el espectador que su academicismo formal tampoco mitiga. La machacona voz en off resulta poética, pero extenuante, si se pretende acercar la obra de Duras al gran público. Y por mucho que su personaje femenino tenga una determinación y un interés innegable, se echan en falta alguna otra trama menor que enriquezca la historia que vista en el papel podría haber sido fascinante.

Nota: 6

Laura Acosta

JFPCríticasCríticas,MARGUERITE DURAS. PARÍS 1944,Mélanie Thierry
En una de sus acepciones la RAE define el dolor como “un sentimiento de pena y congoja”, pero seguramente si se preguntase a Marguerite Duras ésta podría aportar más riqueza a la definición. Sin duda, después de visionar Marguerite Duras. París 1944 (Emmanuel Finkiel, 2017) uno sale con la...