Una buena obra artística debería resultar incómoda, y, si esta termina por ser confortable para el conjunto de la sociedad, las instituciones, la academia etc. no se trata más que de un aviso de que la carrera de su autor comienza su declive inevitable. Esta es una de las primeras reflexiones que plantea Daniel Mantovani, el protagonista de “El ciudadano ilustre”, la nueva película de Gastón Duprat y Mariano Cohn, magistralmente interpretado por Óscar Martínez. Pero no es la única idea expresada en este largometraje que lo convierte en un producto sugestivo desde el punto de vista crítico: La cultura es indestructible, el apoyo político e institucional a la cultura mata su propia esencia, los artistas han de ser vanidosos para dar a la luz una buena obra, la mediocridad de las obras de arte es proporcional al bienestar del contexto en el que se producen… Son algunas de las múltiples opiniones que se desprenden de la experiencia que Daniel Mantovani, un argentino Premio Nobel de Literatura, vive al regreso a su pueblo natal tras más de treinta años viviendo y escribiendo en Europa.

Los conflictos que vive el escritor en Salas, más allá de los asuntos personales que había dejado allí en el pasado, confrontan un estilo de vida acomodado no sólo económicamente sino también desde una posición intelectual superior, con una mentalidad rural y periférica, movida más por la vehemencia de las emociones que por inquietudes culturales o ansias de transformar la sociedad. La ambigüedad que respecto a esta confrontación se aprecia en la película, consigue, después de todo, incomodar al espectador, que se debate constantemente acerca de la posición —casi ética— que debe tomar; algo que también le ocurre al protagonista.

Una película sin duda imprescindible en un mundo en el que, como se subraya en el filme, grandes autores no son reconocidos por prestigiosos galardones, mientras que aquellos que son laureados no necesariamente son mejores ni disfrutan de la complacencia del público. En definitiva, “El ciudadano ilustre” enfrenta—especialmente a partir de las situaciones en las que Mandovani se implica, más o menos involuntariamente, con los diferentes vecinos del pueblo— dos formas de entender la cultura, dos niveles que conviven en paralelo y que parecen difícilmente conciliables:el punto de vista de la cultura local contra el discurso hegemónico. Y, además, la perspectiva del lector contra la del escritor, la vida real frente a la construcción ficticia de los personajes en las obras o la eterna disputa que muchos creen ya superada entre el llamado gran arte y el más popular.

Pero, lo que esta película se cuestiona, por encima de todo, es el papel que han de jugar entre dichos polos opuestos las figuras del mundo de la cultura. Si es lícito o no, imprescindible o no, que atraviesen la burbuja de la fama, el dinero y la riqueza intelectual para entrometerse —por muy buenas intenciones que se tengan— en el día a día de aquellos que viven una mayor sencillez económica e ignorancia cultural. Daniel Mandovani se encuentra en esta historia en lo alto del —desafortunadamente existente, nos guste más o menos—abismo inevitable que separa la población más formada y la que menos lo está, entre quienes desde una posición privilegiada pretendemos que la sociedad cambie a fuerza de reflexión crítica y reacción social y quienes ni siquiera se preocupan por la existencia o el poder que pueda tenerla cultura.

El guion de esta coproducción hispano argentina logra mantener el interés crítico por las cuestiones planteados a lo largo de toda la película. Sin embargo, se desinfla en el tramo final, con una escena de cierre casi innecesaria. Cabe destacar no obstante que la historia se ve enormemente enriquecida con numerosos toques de buen humor que en absoluto desmerecen el calado reflexivo y la convierten en una obra puramente divertida a la par que dramática. ¿Acaso tiene que resultar pedante una película para poder arrojar cavilaciones reales y profundas a cerca de la literatura y, en general, el arte y la cultura de nuestra sociedad? “El ciudadano ilustre” demuestra sobradamente que no, que el entretenimiento no está reñido con la reflexión. Quizás la propia película sea producto de estos pensamientos u otros similares, un filme entretenido, ocurrente y lúcido que trata de conciliar la densidad intelectual con el gran público.

El buen hacer de esta producción ha sido ya galardonado con el Premio Carmel a la Mejor Película en la Competencia Oficial del 32° Festival Internacional de Cine de Haifa, en Israel; así como el de Mejor Actor y una Mención Especial del Jurado Joven en el festival de Venecia y el Premio a Mejor Actor en el Latin Beat Festival de Tokio.

Nota Factoría del Cine: 8.

Débora Madrid Brito

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Una buena obra artística debería resultar incómoda, y, si esta termina por ser confortable para el conjunto de la sociedad, las instituciones, la academia etc. no se trata más que de un aviso de que la carrera de su autor comienza su declive inevitable. Esta es una de las...