Brooklyn. Música parisina. Y pasteles, muchos pasteles. Hasta aquí todo parece indicar que nos espera una película que podría ir en la dirección de una comedia romántica fresca, ágil, al más puro estilo de Woody Allen. Todo queda en un oasis… Una pena para los cinéfilos románticos.

La película narra la historia de Vivien (Aimee Teegarden) y Chloe (Krysta Rodríguez) que acaban de heredar la panadería de su tía Isabelle, que les pidió antes de morir que cuidaran de ella. Y aquí es donde comienza el conflicto: ambas tienen ideas distintas de cómo llevar el negocio pero deberán aprender a dejar a un lado sus diferencias para poder salvar la panadería.

El argumento en sí no ofrece nada nuevo. Y, aun sin “spoilear”, el espectador sabe enseguida cómo se desarrollará la historia, quién acabará con quién. Hay muchas películas con historias simples y que serán recordadas como obras maestras o incluso películas divertidas y entretenidas a pesar de carecer de una gran pretensión. “Mi panadería en Brooklyn” no se encuentra en ninguna de las dos categorías. Ni es una obra maestra, ni es divertida, ni entretenida. Y en este caso es una auténtica pena porque el trasfondo –Brooklyn y una panadería- era idóneo para que se diera una cierta eficacia. Durante sus 101 minutos de metraje no pude evitar acordarme en algún momento de la sencilla pero maravillosa “Tienes un e-mail”, con un argumento un tanto similar – guardando las distancias- y que a pesar de su carácter desenfadado y simple, es una delicia. Aunque no hay que pasar por alto que mucho tienen que ver en ello la química que hay entre sus dos protagonistas, Meg Ryan y Tom Hanks. Con respecto a este aspecto hablaremos más adelante. Centrémonos en la película en sí, su desarrollo.

A lo largo de toda la película anhelamos buscar un solo ingrediente para poder justificar que por lo menos estamos ante una película fresca y entretenida. Ni una cualidad ni la otra. “Mi panadería en Brooklyn” está llena de topicazos, pero de esos que ni siquiera nos hacen sonreír sino que producen vergüenza ajena. Situaciones mal planteadas y que escasean de verosimilitud (no olvidemos que no estamos ante una película de ciencia ficción): la muerte de la tía al inicio de la película, la “conquista” de uno de los personajes siendo el objetivo Blanca Suárez, Aitor Luna y Krysta Rodríguez detrás del mostrador… Simplemente no funciona y ni siquiera entretiene. Y aviso para navegantes: la trama de Blanca Suárez es una de las historias que quiere resultar cómica y uno no sabe si llorar o pensar que en algún lugar del cine se esconde una cámara oculta… Sigue siendo un misterio sin resolver.

Con respecto a los actores el casting no es malo: Blanca Suárez cumple con su personaje y cabe destacar a Griffin Newman. El problema no son los actores en sí… es claramente la dirección de los mismos y las situaciones en las que se les pone. No hay quien se salve. Los estereotipos están a la orden del día en “Mi panadería en Brooklyn”, todos ellos sacados de diferentes telefims de sábado por la tarde, de los que sinceramente todos sólo buscamos un poco de entretenimiento sin esperar que luego permanezca en nuestras retinas. Aquí ni siquiera eso… No hay química entre los personajes, no surge esa magia necesaria.

“Mi panadería en Brooklyn” pretende ser la película del verano y se queda en una gran decepción. Únicamente podemos salvar las maravillosas calles de Nueva York que nunca decepcionan. Una auténtica pena.

Nota: 3.

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Brooklyn. Música parisina. Y pasteles, muchos pasteles. Hasta aquí todo parece indicar que nos espera una película que podría ir en la dirección de una comedia romántica fresca, ágil, al más puro estilo de Woody Allen. Todo queda en un oasis… Una pena para los cinéfilos románticos. La película narra...