La obra de Pedro Almodóvar está repleta de cartas con gran significado narrativo en sus películas. Desde pequeño, vio cómo su madre escribía y leía las cartas a sus vecinas analfabetas adornándolas para que ellas quedaran más satisfechas con las palabras de sus remitentes, y de ese detalle fabulador surge gran parte del imaginario del cineasta que ahora con Julieta, narra en forma de epístola una historia acerca de la maternidad, el dolor y el silencio.

En su vigésima película, ese dolor está contenido de forma certera y va adheriéndose a la piel del espectador mientras disfrutamos del presente y el pasado de un personaje magnífico, basado en tres relatos de la escritora canadiense Alice Munro: Destino, Pronto y Silencio. Para trasladar el universo de la novelista al propio mundo almodovariano, el director se despoja del humor y se aferra con gravedad al drama, sin alambicados giros de guión ni concesiones.

Julieta es profesora de literatura clásica, y como en la odisea homérica, su recorrido a lo largo del metraje es un viaje a su juventud, desde una madurez rota que le traerá al presente el recuerdo guardado bajo la llave de la cotidianeidad para abrir la caja de pandora: el profundo sufrimiento que la acompaña en su existencia abatida y desesperanzada. Los personajes que aparecen en la vida de la protagonista, están marcados por el destino, la culpa y la ausencia de comunicación. Lo que no se dice, por pura imposibilidad tiene consecuencias fatales, parece gritar una película que posee una fuerza soterrada tras las miradas hundidas de quienes buscan su propio camino ante la desolación.

Almodóvar ha realizado su película más redonda desde “Volver”, y quizás la más audaz, dentro de su filmografía desde “Hable con ella” con la que comparte cierto ritmo y poso. Al empezar a nuestro recuerdo llegan los pedazos de fotografías esparcidos por la mesa de “Los abrazos rotos”, en este caso, este rompecabezas es casi un reverso y no existen las licencias que se tomaba en sus últimas películas consiguiendo así una película totalmente compacta, que hiere sin efectismos innecesarios. Se ha escrito mucho de que es su película menos almodovariana, pero si bien es cierto que no requiere de sus constantes y su origen literario es notorio, la depuración de su propio estilo y la contundencia de su tono son las que la convierten en su obra más conmovedora.

En su habitual gusto por el arte plástico, es innegable que en sus películas existe una especial atención por la composición de plano, en este caso sorprende su capacidad para llevar a cabo una secuencia onírica y reveladora. En la escena del tren, me encuentro con un Almodóvar nuevo más sugerente y envolvente. A la paleta de colores más usual en su repertorio, se suma el amarillo y el magnífico uso de los exteriores, caracteriza la cuidada dirección de fotografía de Jean Claude Larrieu. Alberto Iglesias, uno de los mejores compositores de nuestra cinematografía vuelve a emocionarnos con una comunión excelente entre imágenes y música.

La Julieta del título es interpretada por dos actrices. Una decisión arriesgada y una de las virtudes principales del film. Emma Suárez en el presente, revive en su escritura a una Julieta joven con el rostro de Adriana Ugarte, y juntas componen un único personaje con las semejanzas sutiles que reflejan la personalidad de la protagonista y las diferencias del paso del tiempo y de la hondura del dolor que pasa por el cuerpo en el que conviven. Ambas están maravillosas, especialmente Emma Suárez que desarma en cada paso titubeante de su búsqueda. El resto del reparto no podría estar mejor elegido: Rossy de Palma, esa criada a lo Mrs. Denver en “Rebecca” de Alfred Hitchcock, destaca entre las secundarias donde también brillan Inma Cuesta, Susi Sánchez, Michelle Jenner, Nathalie Poza y Pilar Castro. En el apartado masculino, Daniel Grao muestra una gran química con Adriana Ugarte y Darío Grandinetti aporta una gran dignidad a su personaje.

Es una película necesariamente pausada, que te deja sin aliento al salir del cine, con la sensación de haber cambiado algo en ti, de la que tardas en recuperarte y se va contigo, para que puedas pensar en ella recordándola, tal y como ocurre con la vida que va pasando acumulando en ti vivencias que luego pesan en tu mochila vital pero forman parte de tu aprendizaje. A veces te destrozan, otras te llenan el alma, y en definitiva, forman parte de ti.

Chema López

Nota: 9.

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La obra de Pedro Almodóvar está repleta de cartas con gran significado narrativo en sus películas. Desde pequeño, vio cómo su madre escribía y leía las cartas a sus vecinas analfabetas adornándolas para que ellas quedaran más satisfechas con las palabras de sus remitentes, y de ese detalle...