La oscuridad y la niebla de la mano con el imsomnio, los remordimientos y la violencia. La sangre es el símbolo de la traición en esta versión cinematográfica del clásico de Shakespeare. No solo ese ascenso malévolo del propio personaje principal es el motor de la avidez de esta adaptación sino también de su planteamiento visual.

Con una fotografía enconada en el tratamiento del color, donde el rojo y la bruma son acentuados en todo momento, Justin Kurzel se emplea en otorgar prioridad a la magnificiencia visual que en la historia en sí misma. Es cierto que hay un gran trabajo por salvaguardar la originalidad del texto y puede que ese sea el motivo por el que la traslación de los monólogos y diálogos entre los personajes al cine sea exigente para el espectador. En mi opinión hay un interés rígido por el perfeccionismo en el que la imagen puede con la palabra y cuando ésta es la dueña, se ve ensombrecida por la ostentación.

Uno de los detalles que considero un gran acierto de la película es la representación de “las brujas” (personificaciones de los hechizos y los aurugios), el misterio que recrea y la transmisión de esos mensajes reveladores propios del oráculo que tanta importancia tienen en la obra. Las batallas, filmadas con una gran determinación gráfica, funcionan a pesar el uso abusivo de la cámara lenta. La chirriante pero original banda sonora se adecua muy bien con la coherencia de lo que busca el film y hay momentos donde el sonido se corresponde incluso con el fruto de las tribulaciones de los protagonistas.

Michael Fassbender demuestra solvencia en todo momento, por su trabajo corporal y una introspección muy lograda con Macbeth. Marion Cotillard, sin embargo, se enfrenta a algo más difícil, su físico no se corresponde con lo que imaginamos cuando pensamos en Lady Macbeth, nos tiene que convencer con su expresividad y lo logra en muchos momentos, aunque en otros no podamos olvidarnos de su esfuerzo por alejarnos de su dulzura y belleza.

El diseño de vestuario y el trabajo de maquillaje reflejan la brillantez técnica de una cinta en la que es muy complicado no dejarnos llevar por el sopor que se apropia de algunos intervalos durante el visionado, casi una contemplacion ante algunos planos bellísimos y muy bien realizados.

La fastuosidad empaña algo del relato pero no impide la actualización de una de las tragedias más importantes de la literatura universal. Las profecías, la desmedida ambición y la pesadumbre del tormento por los actos cometidos siguen ahí, intactos. La trascendencia del mensaje no se ve alterada y se agradece la intención por elegir una voz propia para desmarcarse de las anteriores películas que adaptaban Macbeth y acercar a las nuevas generaciones un valor cultural imperecedero.

Nota Factoría del Cine: 6

Chema López

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