Palmeras en la nieve, basada en la novela de Luz Gabás, viene dispuesta a arrasar en los cines españoles el día 25 de diciembre. Digo esto porque así parece que se está intentando vender la película, como una epopeya histórica, a la antigua usanza, en la que el mayor reclamo (además de un apartado visual bastante cuidado) es una amalgama de caras conocidas en el cine (y televisión) nacional, y desde luego, aquí, en nuestro país, es suficiente reclamo para que el espectador acuda en masa a ver la nueva película de Mario Casas y Adriana Ugarte, que lleva publicitándose desde hace un año, nada más y nada menos. Y usted espectador, se estará preguntando… ¿ y la calidad de la película? Y ahí está cuestión, pues lejos de ser un bodrio o un film mediocre, tampoco es la gran película que sus creadores intentan vender a toda costa, primordialmente por que se prima más por la apariencia que por la propia alma de la película, de la que carece por completo, aunque lo intente por todos sus medios.

Desde 1926 la isla de Fernando Poo (ahora Bioko) formó parte de la Guinea Española, aunque era posesión española desde 1778, hasta que en 1968 se proclamó la independencia del país. La progresiva escalada de tensión y violencia de esos años supuso un complejo episodio de nuestro pasado del que apenas llegaban noticias a la península. “Palmeras en la Nieve” sitúa su acción por una parte en el periodo de transición de las colonias a provincias de ultramar hasta la independencia definitiva, y por otra en el presente, en Bioko, un territorio herido tras años de inestabilidad, dictaduras, desapariciones, tortura, y falta de libertades. Se trata una historia tan épica como intimista que tiende puentes entre dos tiempos, dos culturas y dos generaciones. El descubrimiento accidental de una carta olvidada durante años empuja a Clarence (Adriana Ugarte) a viajar desde las montañas de Huesca a Bioko para visitar la tierra en la que su padre Jacobo (Alain Hernández) y su tío Kilian (Mario Casas) pasaron la mayor parte de su juventud, la isla de Fernando Poo. En las entrañas de un territorio tan exuberante y seductor como peligroso, Clarence (Adriana Ugarte) desentierra el secreto de una historia de amor prohibido enmarcado en turbulentas circunstancias históricas cuyas consecuencias alcanzarán el presente.

Palmeras en la Nieve es un film que no decepciona si sabes lo que vas a ver, y en ese sentido, creo firmemente que es un film que cumple, pero para las pretensiones (elevadas) que había puestas en el film, se queda corta en intenciones. Por que desde luego es un film que, técnicamente, luce bastante bien en casi (y digo casi por algo que comentaré mas adelante) todos sus apartados : destacar especialmente un trabajo fotográfico fantástico, que aprovecha las localizaciones de forma maravillosa, y aprovechando el paisaje de manera espectacular en las escenas que dan pie a ello (desde las espectaculares montañas de Huesca hasta los impresionantes parajes de playas en la isla de Fernando Poo); un diseño de producción, que consigue trasladarnos a la época en un abrir y cerrar de ojos (de manera bastante sencilla pero muy eficaz), gracias también a un trabajo de vestuario impecable; y especialmente una banda sonora de Lucas Vidal que se convierte en lo mejor de la película por meritos propios, pues acompaña de forma esplendida al film dando con el tono preciso y adecuado que la película estaba pidiendo a gritos, poniendo toda su fe en el proyecto.

Pero ¿cuál es su problema? Palmeras en la Nieve tiene una duración de casi 3 horas que, no serían problemas si no se hicieran notar durante su desarrollo con un ritmo ágil, pero desgraciadamente no es así. Si bien es cierto que nunca llega a resultar del todo aburrida, la sensación de cansancio que se transmite al espectador en su tramo final resulta bastante evidente, y no por que el film no se desarrolle o avance, sino por un tono que nunca llega al corazón del espectador, por que a pesar de que asistimos a un relato que quiere evocar a las historias de amor de la vieja escuela, nunca terminamos de conectar con los personajes, si bien por un montaje de lo mas irregular (y aquí esta el apartado técnico que mas me chirría) que apresura ciertas escenas que hubieran necesitado mas calma y reposo (en ese sentido, el trabajo de fotografía a veces se ve menguado por cortes de planos que apenas dejan respirar el paisaje) temiendo aburrir al espectador (y al final provoca una sensación de cansancio general), o por una dirección de actores muy irregular.

Respecto a este último apartado he de decir que el trabajo interpretativo me ha resultado muy confuso, porque creo que sus actores ponen entusiasmo a la producción, pero que están dirigidos con torpeza, y el máximo exponente de este resultado se ve en los trabajos de Mario Casas y Adriana Ugarte: hay escenas en la que estos dos actores están excelentes y totalmente creíbles, pero hay otros instantes donde parecen forzados debido, como he dicho antes, a una dirección que no les ha beneficiado en absoluto (mención especial para la pobre Adriana Ugarte que, en una decisión de montaje de lo más torpe, aparece de pronto en una escena llorando a lágrima viva rompiendo toda la contención de la escena más dramática del film, resultando forzado, no por su interpretación, sino por decisiones de producción). Aún así, tanto él (que está discreto, aunque a veces no te crees sus frases) como ella (que dibuja bien a su personaje aunque no esté del todo bien desarrollado en su propio libreto) no tienen ni punto de comparación con la que es la revelación de la película, una bellísima Berta Vázquez que enamora la pantalla y cuya interpretación es la más sentida y la más creíble de toda la película, pues cada aparición suya se hace notar ¿El resto? De todo un poco: una encantadora Macarena García, un anecdótico Celso Bugallo (aparece muy poco), una igualmente anecdótica Laia Costa (a la que vimos hace poco en una interpretación magistral en la brutal película Victoria), un estupendo Emilio Gutierrez Caba (aunque a veces parece estar incómodo con su personaje) y un Alain Hernández muy pasado de rosca en muchos momentos.

Aún así, Palmeras en la Nieve cuenta con una historia que, sin contar nada nuevo, no defraudará al público al que la película va destinado, a pesar de que tenía elementos para ser un estupendo film quedándose en un resultado final meramente discreto y para salir del paso. Puede que la decisión de repetir la fórmula de la (estupenda) serie de televisión El Tiempo entre Costuras pero pasándola a pantalla grande haya pasado factura a esta producción que, seguramente, habría funcionado mejor sin la precipitación de tener que contar toda su historia deprisa y corriendo (tanto es así, que los créditos finales aparecen antes de tiempo) pasando por alto el hecho de que conectemos con los personajes y que su tono de melancolía nos atrape, cosa que no termina de conseguir pese a que lo intente, cayendo en una rutina que hace que el film no despegue mas allá de sus intenciones, que no son pocas.

Nota Factoría del Cine: 5,5

Manu Monteagudo

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