La primera escena de “La Novia” nos mete de lleno en el baño de intensidad en el que nos vamos a sumergir a lo largo de la historia de este triángulo amoroso lleno de fatalidad y deseo. Paula Ortiz adapta “Bodas de Sangre”, de Federico García Lorca, de forma libre pero imprimiendo en sus imágenes la explosión de la pasión contenida.

El texto arrebatador del genio granadino, atemporal y eterno, adquiere una fuerza brutal dicho por unos personajes en los que la sangre corre a borbotones helándose en instantes en los que el mundo para, malherido por la amargura de lo que pudo ser y no fue. -Hemos perdido- parecen decir los ojos de los protagonistas cuando se miran, se esquivan o se vigilan en la distancia mientras recomponen la existencia sin hilos que sujeten su irrefrenable pulsión ardiendo vehementemente.

De tu ventana a la mía, la anterior película de la directora, nos daba pistas de su talento visual, para crear texturas y aunque en esa ocasión la imagen estaba por encima de la historia, podemos afirmar que el (ya) universo propio de Ortiz se adecúa perfectamente a la narración llenándola de fuerza y poder cinematográfico. Lo que se cuenta mediante las alucinaciones de la novia elevan nuestra propia percepción a ensoñaciones emocionales de lo que ocurre en pantalla. Algunas secuencias funcionan con una belleza abrumadora deliberadamente estética, quizá excesivamente artificial en las que conciernen con el personaje de “la mendiga” donde el uso de la cámara lenta resulta algo pomposo y denso.

La exuberancia artística adquiere un protagonismo que esquiva lo teatral y la luz se llena de polvo y del color del trigo lorquiano. La hermosura aquí no entiende de anacronismos y el fervor pasional no está sujeto al paso del tiempo, no se olvida. Ese espacio temporal suspendido, donde las horas ni se detienen ni avanzan me han recordado a otro gran título que bebe de la tragedia más española, “El séptimo día” de Carlos Saura. Se agradece así el espléndido trabajo de diseño de producción, dirección de fotografía a cargo de Migue Amoedo y especialmente la partitura de Shigeru Umebayashi, el creador de entre otras, la banda sonora de “Deseando amar”, de Wong Kar-Wai.

La versión que nos ocupa está acompañada en los momentos más álgidos por canciones populares del propio Lorca (La Tarara, Los cuatro muleros…) y en una escena clave que despertará recelos y admiración a partes iguales, una casi coreografiada versión de “Take this waltz” de Leonard Cohen en castellano me parece una decisión arriesgada y valiente que se aleja del academicismo en el que podría haber caído irremediablemente.

Para llevar a cabo estos personajes llenos de fiereza, el elenco está formado por una Inma Cuesta que se entrega con sus ojos negros adquiriendo el verso con una fluidez natural y embaucadora. “Siente Federico” y se entrega con una desnudez conmovedora. Los dos hombres y vértices del mismo destello son Álex García, que destaca por su presencia y fisicidad, y Asier Etxeandía, estupendo como El novio. Y merecen todos los aplausos el resto del reparto, en especial un grupo de actrices que entienden perfectamente el lenguaje con el que están trabajando y dan empaque, experiencia y pulso a sus personajes, en especial Luisa Gavasa, un monstruo de mirada incendiaria, Consuelo Trujillo, Ana Fernández y María Alfonsa Rosso.

Embriagados con esta propuesta que te deja sin aliento, donde los silencios se callan y queman, rememoran toda la riqueza y el valor cultural de una obra culmen de la dramaturgia de nuestra literatura que se pega hasta donde tiembla la enmarañada oscuridad de los gritos. El ahogado suspiro del ímpetu que marca la vida.

Nota Factoría del Cine: 9

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La primera escena de “La Novia” nos mete de lleno en el baño de intensidad en el que nos vamos a sumergir a lo largo de la historia de este triángulo amoroso lleno de fatalidad y deseo. Paula Ortiz adapta “Bodas de Sangre”, de Federico García Lorca, de forma...