Antes de que me ponga a hablar sobre Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, me gustaría destacar que el género por el que se mueve esta película, el absurdo, nunca me ha terminado de entrar. Bien me he formado leyendo a Beckett y (ya me podéis echar al fuego) lo cierto es que nunca termino de encontrar el punto por el que tantos elogian su trabajo: sí, desde luego, alabo lo que supuso un cambio radical de las formas narrativas a través del absurdo, pero es cierto que siempre me terminan por hastiar (aunque, a veces, ese sea su objetivo), y aunque, desde luego, respeto las alabanzas hacia este dramaturgo, sus obras se caracterizan por no tener termino medio (o entras o no entras…desgraciadamente, a mi no me entra). Pues bien, esta película de la que os hablo a continuación es un retablo de piezas conjuntas donde prima lo absurdo, y aunque, ciertamente, temiera lo peor, esta película posee momentos de gran brillantez…pese a que, como ya dije sobre este género, terminó por resultarme algo cargante (aunque es buscado, ojo).

Tres encuentros con la muerte:

Un hombre fallece de un infarto debido a un intento demasiado enérgico por abrir una botella de vino mientras su mujer sigue preparando la cena en la cocina. Una mujer mayor a punto de morir en un hospital agarra desesperadamente un bolso lleno de joyas mientras sus dos hijos intentan hacérselo soltar: “No puedes llevarte esto al cielo, mamá, allí te darán joyas nuevas…”. Un pasajero muere en la cafetería de un ferry justo después de haber pagado su bandeja de comida. La cajera pregunta: “¿Alguien quiere esto? Es gratis”. Sam y Jonathan, dos comerciales que venden artículos de fiesta, nos conducen por un recorrido caleidoscópico a través del destino del ser humano. Los dos forman una pareja sorprendente: venden grotescos artículos para fiestas y siempre están discutiendo. Sam, convencido de ser el cerebro de la organización, trata a su compañero con el más absoluto paternalismo. Jonathan es lento y flemático, cualquier cosa le hace feliz. Sam y Jonathan son dos personajes tan divertidos como graves, y nos acompañan durante una serie de momentos a cuál más sorprendente.

He de admitir que durante la primera mitad de Una paloma se posó en una rama para reflexionar sobre la existencia, estaba absorto ante este relato: el espectador asiste a un conjunto de viñetas, a cada cual más peculiar, donde el absurdo se apodera de la pantalla hasta unos límites fantásticos, y debido a esta presentación de situaciones, el espectador se siente embobado, pues la mayor parte de ellas durante este tramo, posee una carga cómica que funciona maravillosamente. Desde sus primeras tres piezas (a cada cual mejor…la del ferry, la mejor, desde luego) el film es un continuo vaivén cuyo ritmo interno consigue mantener al espectador por ver cual será la próxima viñeta con la que nos obsequiará el director, que, por cierto, presenta a sus personajes principales de forma esplendida. Y, en mi caso, me sorprendió el hecho de que sin despegarse del absurdo (utiliza todos los elementos que la caracterizan, entre ellas la repetición), me mantuviera absorto por lo bien que maneja las situaciones que plantea, y por su salto al mas puro vacío (esplendida la escena de la clase de flamenco, o la de la tasca a modo de musical, prácticamente, en un momento desternillante).

¿Qué ocurre? El relato va adoptando un toque más serio sin renegar del absurdo que la caracteriza, y lo que en un principio nos mantiene expectantes respecto a la novedad del planteamiento, al final, termina por cansar y, en mi caso, resultando agotador. El tono se vuelve mas dramático y existencialista y aunque se agradece que el director mantenga su posición de no huir de su tono, el ritmo se resiente y cada vez se vuelve mas plomizo ¿Por qué? Porque sigue con su mismo planteamiento de repetición y reiteración que pasada una hora de película, a mi, como espectador, me cansa. Con esto no quiero decir que otros no disfruten con este espectáculo, pues ya he avisado antes que este género no me es predilecto, pero sí que su ritmo se hace cada vez más y más pesado (y que está buscado, ojo), dejando que su visionado sea más perezoso para el que esto suscribe. A pesar de ello, posee momentos de una indudable fuerza visual (la escena de los esclavos y la máquina de tortura), pero ya me es demasiado tarde si me he cansado de lo que estoy viendo.

Por ello, Una paloma se posó en un rama para reflexionar sobre la existencia es un film del que el espectador es el que lleva la razón cantante, dependiendo del gusto que tenga. En mi caso, es entendible mi postura al no ser muy proclive del movimiento absurdo del que no para de recrearse y ,ojo, durante su primera mitad, me sorprendió por su acertadísima carga humorística, pero una vez presentadas las cartas y viendo lo poco más que tiene que añadir, al final, su visionado me resultó bastante cargante. Algo lógico, sin duda, en lo que a mi respecta, pero es indudable que a cualquier amante del absurdo y del existencialismo que se acerque a ver esta película, saldrá encandilado ante una propuesta que, desde luego, para los tiempos que corren, es difícil encontrarse hoy en día. Y que al menos exista una cinta que se atreva a seguir estas fórmulas en los tiempos de ahora, se merece un respeto, y parte de mi admiración, pese a que no comparta los mismos gustos. Lo dicho, para amantes del absurdo.

Nota Factoría del cine: 5,5.

Manu Monteagudo

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Antes de que me ponga a hablar sobre Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, me gustaría destacar que el género por el que se mueve esta película, el absurdo, nunca me ha terminado de entrar. Bien me he formado leyendo a Beckett y...